Conciencia sobre el ecocidio de la cocaína en Colombia


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'El Diablo' acecha a los jóvenes de Cali

A través del microtráfico, esa dinámica del menudeo que inunda las calles de droga, la heroína se convirtió en el nuevo infierno de los adictos. Relato de una tragedia que lucra a otros capos.

El diablo pesa un gramo y está empacado en una bolsa transparente. Antes, mucho antes de que salga de ahí, es apenas un polvo tan gris como el cielo en un día de lluvia. ‘Highlander’, un chico huesudo y pálido que no llega a los 25 años, acaba de comprar la dosis de esa noche en el estanco de un barrio clase-media al sur de la ciudad. En algunas partes a la heroína también le dicen H, Lápiz o Bala, pero su nombre más común es “diablo". El bautizo callejero no es gratuito: al final de esta historia alguien habrá descendido a las profundidades del infierno después de consumirla. 

Los golpes reiterativos que las autoridades le han dado a los carteles de la mafia en los últimos años, han obligado a los narcotraficantes a adoptar ciertas dinámicas de supervivencia. Sobrevivir para ellos, claro, es cosa diferente. Tanto como sus vidas, les importa que el negocio siga en pie. Por eso, ante la dificultad cada vez mayor para enviar droga al exterior, han optado por comercializar parte de esa mercancía a precios más bajos en las mismas calles del país. Así que el “menudeo", anteriormente una transacción marginal casi exclusiva de jíbaros, ahora también es nutrido por ellos. 

Lo que consiguieron con esa idea perversa no sólo fue salvar sus finanzas, sino propiciar el nacimiento de cientos de células urbanas a través de las cuales extendieron sus tentáculos hasta alcances imprevisibles; en cierta medida, vendieron su alma al otro diablo: luego de comprobar lo lucrativo que resulta, algunos de sus discípulos también decidieron apostarle al negocio de forma independiente. Las autoridades llaman microtráfico al nuevo espiral de la mafia: toda una paradoja, cuando se trata de un eslabón tan grande que se queda con el 20% de las ganancias de todo el comercio de las drogas que se mueven en Colombia. 

1+1=3

La ecuación para lograrlo es simple: más por menos da más. Mientras que en el 2002 un gramo de heroína se conseguía en las calles de Cali en $80.000, ahora puede comprarse, incluso, hasta en $7.000. Muchos caen en la tentación: con las tarifas a la baja, la demanda ha crecido de manera insospechada. Las cantidades de veneno que se comercian en las tradicionales ollas de expendio, pero también a las afueras de discotecas, junto a algunos colegios, en barrios residenciales y en negocios fachada, son tan enormes que nadie logra calcularlas con exactitud. 

Para hacerse una idea, sólo de marihuana, la más blanda de las drogas con la que los adictos se elevan, la Policía ha incautado en lo corrido de este año trece toneladas: un alijo tan grande como para llenar hasta el tope un avión Fokker 28, con capacidad para 65 pasajeros. 

A ‘Highlander’ le dicen así en alusión a una película de seres inmortales. Desafiando las leyes iniciales del consumo, en vez de inyectarse la heroína él la inhala sin miedo a morir. En la calle, a eso lo llaman balazo. “Es como un tiro en la nuca: con la primer esnifada todo queda en blanco, en silencio”, me explicó un heroinómano rehabilitado. El disparo de ese miércoles subiría hasta su tallo cerebral en dos aspiradas; con los ojos en blanco, la respiración cortada y los dedos de las manos encalambrados, ‘Higlander’ caería tendido en su cama como una calavera sonriente. 

Títeres del vicio

Antes de subir a aquel supuesto paraíso, el chico contó que el “diablo” había llegado ese mismo día desde Santander de Quilichao luego de varios días de escasez, consecuencia de un robo sufrido por el jíbaro del sur. El hurto, al parecer, fue cometido por un muchacho de 17 años, consumidor habitual del sector, que atracó una caleta de droga con la intención de montar su propia línea de distribución. “Un bruto, por garoso casi lo matan y ahora no puede volver al barrio; si se asoma, lo quiebran”. 

Hace dos semanas uno de sus amigos, un muchacho de apenas 20 años, resultó asesinado a tiros; el cuerpo fue abandonado junto al río Meléndez. Aunque las investigaciones apuntan a que se trata de hechos aislados, se sabe que en el microtráfico las traiciones tienen sanciones tan atroces como en los demás escalones de la mafia. 

El barrio del que fue exiliado el chico es El Caney. Hace más de un año que allí y en la contigua Ciudadela Comfandi, varias calles se transformaron en expendios de toda clase de drogas. La señora V, madre de un adicto en proceso de recuperación, asegura llevar meses suplicando a la Policía para que haga algo. Dice que luego de ver cómo el vicio convirtió a su hijo, un vivaz adolescente, en una marioneta somnolienta, denunció con direcciones, nombres y señas los sitios de venta, pero nada ha pasado. 

La flexibilidad de la Ley en la penalización para los expendedores sigue siendo uno de los mayores inconvenientes con que se enfrentan las autoridades. Los jíbaros saben que no es delito transportar eso que llaman dosis personal y por eso nunca cargan más de lo necesario. El intendente Pérez, miembro del Grupo de Estupefacientes de la Sijín, precisa que además, para dificultar aún más las cosas, están ‘subcontratando’ a indigentes y menores de edad a los que casi siempre resulta imposible judicializar. De los 2.289 expendedores que fueron detenidos este año, poco más de 200 fueron a la cárcel. 

En una calle de la Ciudadela Comfandi, la escena se repite todos los fines de semana: por lo menos tres vendedores ambulantes que no alcanzan los 18 años, ofrecen dosis de heroína entre $7.000 y $15.000 (dependiendo de la pureza); cigarros de marihuna, cocaína y éxtasis. Si la denuncia de un habitante del sector es cierta, los muchachos dependerían de dos estancos que serían la punta final de una línea de tráfico que comienza en el Cauca y, hoy día, estaría afianzada como una de las más poderosas de Cali. 

Sólo en esa porción de la ciudad a la que llaman “nuevo sur” se estiman en cerca de trescientos los nuevos adictos; ellos y los compradores habituales que frecuentan el sector, le dejan a los expendios ganancias semanales cercanas a los veinte millones de pesos: ochenta millones al mes, mil millones al año. ¿Cómo es que algo tan grande sigue siendo invisible? 

No abra las piernas

En la constitución y el manejo que los capos del microtráfico le han dado a sus líneas, estaría el secreto de su retorcido éxito. En términos mafiosos, la línea es una organización dispuesta para traficar sin intermediarios; una empresa que empieza en el cultivo de la planta y termina en el expendio callejero, garantizando así el manejo autónomo de los precios e involucrando directamente a más de cien personas. 

Con el compromiso de no revelar ningún detalle que permita dar con su paradero, un antiguo miembro de uno de esos clanes reveló a El País que las principales líneas que surten a Cali se desprenden de Palmira, Corinto, Mondomo y Santander de Quilichao (ver mapa); en ese último municipio funcionaría una de las más pesadas, propiedad de Juan Carlos Restrepo Ballesteros, alias ‘El Amigazo’. 

Aunque Restrepo Ballesteros, reconocido por la DEA como “el rey de la heroína”, fue extraditado en el 2006, sus hombres seguirían ejerciendo control en la zona: “Ellos ponen el precio y manejan la ley de la oferta y la demanda. Tienen sitios a donde los viciosos cambian electrodomésticos, joyas, motocicletas y computadores portátiles por droga. En Santander, un kilo de heroína que se consigue en $13 millones, se puede cambalachear por cuatro buenas motos o un par de hembras bien paradas”. 

De acuerdo con la fuente, la heroína, al igual que la cocaína y la marihuana que llegan a Cali, proviene de sembrados y laboratorios de procesamiento también asentados en Corinto y Mondomo, desde donde los cargamentos son enviados en buses intermunicipales, camiones con doble fondo y correos humanos. Allá, el kilo de cocaína está tasado en $3.800.000. 

Xuxa, una prostituta rubia y sonriente que en una época de retenes militares sobre la vía recibió un millón de pesos por traer doscientas papeletas camufladas en su vagina, dice estar segura de que todos los días se hacen envíos. “Están llenos de matas. Por eso se puso barata la heroína. Allá hay amapola hasta para tirar al cielo”. 

Este lado arriba 

Aunque los hombres de la Sijín afirman que la droga no sólo proviene del Cauca, confiesan que de un tiempo para acá sí han sido más comunes hallazgos como estos en la ruta hacia Cali: marihuana entre rollos de plástico; hierba prensada en cajas de encomienda; papeletas camufladas en tubos de PVC; baterías de camiones cargadas con ácido sulfúrico para el procesamiento de cocaína. 

En las regiones vecinas sólo estaría una porción del problema. Las pesquisas de las autoridades han permitido determinar que al menos el 30% de las sustancias que circulan en las calles, provienen de la propia Cali. En lo corrido del año han sido desmantelados dos laboratorios caseros en los que se estaba procesando y empacando cocaína con destino a barrios del norte y el centro. En uno de ellos había tal grado de tecnificación, que el polvo era convertido en un caucho inoloro con el que estaban ensayando dobles superficies para maletas que, se preveía, serían enviadas al exterior a través de vuelos comerciales. 

Un investigador del Grupo de Estupefacientes tiene la hipótesis de que, sobre todo la cocaína que se mueve en el centro y norte de la ciudad, ahora depende de hombres vinculados con la organización de los hermanos Comba. La ‘nueva administración’ ha traído inéditas modalidades para camuflar la droga : los alijos ya no se guardan en las ollas históricas (Sucre, El Calvario, La Isla), sino que están siendo distribuidas en los sectores cercanos, donde habitualmente la Policía no busca. 

‘Gafas’, un jíbaro del barrio Popular, cuenta que lo que se acostumbra es alquilar cuartos en casas ocupadas por ancianos. “Uno entra y guarda, entra y saca: ellos lo único que ven son cajas y creen que son zapatos o ropa y que uno es vendedor. Se les paga por adelantado, no se les molesta mucho, se les consiente y así no hay problema”. 

No es cuento: el pasado 21 de julio una abuela de El Trébol que tenía alquilado un cuarto de su casa, terminó en una estación de Policía luego de que un grupo de detectives descubriera que en la pieza que le había arrendado a un supuesto estudiante, estaban escondidos 936 kilos de marihuana. 

Ángel de carne y hueso

Jota, el director de Soy Humano, una fundación para la recuperación de adictos que funciona en Ciudad Jardín, dice que el problema del microtráfico aquí puede ser más grave que en otras partes del país. Él sabe bien de qué habla; antes de haberse convertido en un ángel que rescata almas perdidas a través de un proceso basado en el perdón y la reconciliación, vio el infierno de cerca: durante once años estuvo vagando de un lado a otro, aprisionado por las garras del vicio. 

Él dice que, contrario a lo que pasa en otras urbes, donde aún existen zonas de tolerancia en las que se pueden ejercer controles, en Cali la zona de tolerancia es la misma ciudad. “No hay un rincón donde no se consiga droga y eso ha dado origen a consumidores poliadictos cada vez más jóvenes, cada vez más difíciles de sanar”. 

La droga es un monstruo que todos los días se renueva para atender esa demanda: en esta, la Sucursal del 

Cielo, hay chicos que se elevan con inyecciones de tequila y cocaína que 

se aplican en los tobillos; niñas con las fosas nasales perforadas de tanto inhalar ‘blue’ y ‘pink floyd’, la cocaína de colores que ofrecen en las fiestas electrónicas; universitarios adictos al ‘speed-ball’, una combinación mortal de heroína y cocaína; colegiales que fuman ‘Rocío’, cigarrillos de yerba y H que los deja zombies por días enteros. ¿Podrá alguien hacer algo por ellos? 

Maurix Rojas, toxicólogo del Hospital Universitario del Valle, confirma que los pacientes con complicaciones derivadas de la mezcla de drogas, cada vez son más comunes. En los últimos cuatro años, 214 personas fueron atendidas por consumo agudo de sustancias sicoactivas. Dos de ellos llegaron muy tarde; murieron por sobredosis. 

Mordiscos en el vientre

La hermana de ‘Highlander’ se llama Esperanza, pero ese nombre, en este caso, es una paradoja; está segura de que el muchacho es causa perdida. Al día siguiente de haberlo visto inhalar al “diablo”, hablo con ella en su casa, un departamento sin cuadros, ni televisor, ni radio, ni porcelanas. “Se lo ha fumado todo”, me dice viendo una foto de no hace mucho, cuando su hermano era un adolescente de risa completa. 

Según ha podido saber, todo empezó como un juego; hace tiempo, para evadir el control de los padres, un grupo de amigos decidió emborracharse impregnando con licor tampones femeninos que luego se introdujeron en el recto. Una cosa llevo a la otra. Esa fue la puerta de entrada al vicio, hasta llegar a la heroína. No son los primeros que comienzan así. Aunque no sea una historia divulgada, esa práctica es cada vez más común entre los adolescentes. 

Cuando pasa el efecto, “el diablo”, es como un perro rabioso encerrado en el estómago que muerde las entrañas y nunca sacia sus ansias de tripas y sangre. Sin dinero para la dosis, los adictos toman medicamentos para esquizofrénicos con tal de permanecer dopados hasta que puedan comprar algo. 

La heroína es una droga que duele: el síndrome de abstinencia comienza con vómito y diarrea, pero quien lo sufre también padece de insomnio, cefalea, escalofríos, fiebre y crisis respiratorias. La necesidad es aprovechada por los traficantes, que envician a sus víctimas obsequiándoles las primeras muestras. Las autoridades lo desconocen, pero a las afueras de algunos colegios de Cali ya han sido detectados jíbaros haciéndolo. 

En la noche anterior, ‘Highlander’ me había explicado que amanecer sin droga, es como despertar y darse cuenta que te cortaron las piernas. A las 8:00 de la mañana de ese jueves lo escucho gritar por primera vez. Había empezado el descenso al infierno. 

Nuevos consumos

  • Desde perfumes para los cigarros, hasta marihuana hidropónica. El consumo muta y se mimetiza. 

  • Es común encontrar envolturas perfumadas para la marihuana. La novedad son los cigarros con olor a chocolate, que se están llenando de hierba para ser exportados en su empaque original. 

  • Una de las perversiones de los adictos es “patrasear” las drogas. Se trata de regresar químicamente el proceso. La cocaína, por ejemplo, se convierte en Cristal. Su consumo es más adictivo. 

  • El ‘rocío’ es un cigarrillo de marihuana con heroína. Los consumidores expertos procuran una variedad de yerba hidropónica llamada ‘kripin’ o ‘punto rojo’ traída de Corinto, Cauca. 

    ¿Por qué está llegando tanta heroína a Cali?

    Un antiguo trabajador de una línea de tráfico que empieza en el Cauca y termina en el centro de la ciudad, confirma que en las montañas del vecino departamento hay extensas plantaciones de amapola, pese a las fumigaciones que ha hecho el Gobierno Nacional. Esos cultivos que han sobrevivido a la erradicación, más otros más que se han extendido en diferentes zonas durante los últimos años, estarían siendo aprovechados para producir la sustancia que, anteriormente, prácticamente sólo se procesaba para sacarla del país. 

    Aunque en su elaboración se necesitan casi los mismos insumos requeridos para el procesamiento de cocaína, el método para convertir la leche de la flor en alcaloide, es más demorado y más complejo. Se requiere de tiempos que no coinciden con los del procesamiento de cocaína y por eso las drogas se mueven de manera independiente. Quienes conocen del tema dicen también que, cada vez, hay menos gente que acepte el riesgo de enviarla al exterior porque las penas son mayores por el tráfico de heroína que de coca

    Otra de las razones para que abunde en cantidades, es la poca pureza que tiene. Es decir que la están haciendo rendir con otros productos. De acuerdo con un jíbaro del centro, a la heroína la mezclan con masa para hacer arepas, colada de plátano o ripio de cal. La heroína, que es un opiáceo semi - sintético derivado de la morfina, puede ser desde blanca hasta marrón. 

    “Del infierno también se puede salir”

    Maurico Henao López, un manizalita de 36 años con cuerpo de boxeador, es ahora un milagro viviente. Él lo sabe y por eso, cuando ríe, lo hace sin mesura; su gesto es un gancho fulminante: después de 20 años sumergido en la drogadicción, al fin es libre. Y la libertad, en su caso, es más que simple retórica; los efectos colaterales de la adicción lo empujaron a una cárcel de los Estados Unidos, lo alejaron de su familia, lo llevaron a vivir bajo los puentes. Hasta que un día todo cambió: pidió ayuda y decidió no dejarse nockear de nuevo por la droga. El País lo encontró en Cali y habló con él: 

    “El error más grande fue ese primer bareto (marihuana); eso abrió un hoyo negro que me tragó sin piedad. En ese entonces tenía 13 años y recién había llegado con mi familia a Nueva York. 

    Luego fue el perico (cocaína) y, sin darme cuenta, me enredé en cosas raras hasta que terminé participando en un negocio en el que nunca debí meter las narices. Pero cuando uno es adicto pierde la noción, se le extravían los valores, deja de importar la vida. La consecuencia de eso fueron seis años en una cárcel federal y una deportación en el 2003 que me acabó de joder la vida: me mandaron a Colombia sin avisarle a mi familia, sin dejarme hablar con nadie, sin un peso. 

    Llegué a Manizales a dedo, con 30 años, sin hablar bien español, extraviado. Terminé viviendo en la calle, comiendo de lo que encontraba por ahí. Me convertí en reciclador y volví a las drogas. Rastreando los papeles de deportación mi mamá me encontró en el 2006. Yo estaba en el Puente de Chipre, en Manizales y mi familia no me reconoció. Eso fue muy duro, eso es lo más duro para un adicto, aceptar la verdad. 

    Sin embargo, si uno se quiere curar, ese es el primer paso. Yo era un enfermo y pedí ayuda. No es fácil. Curarse duele, es horrible reconocer la realidad, pedir perdón y perdonar. Para eso se necesita ayuda especializada y gracias a Dios la encontré. Hace poco hallé a mi familia por Facebook: mi esposa se casó de nuevo, mi hijo ya es un hombre. No los culpo, ellos tenían que continuar. Yo también debo hacerlo: del infierno también se puede salir”. 

    En pocas palabras

    "Da pena reconocerlo, pero los expendios callejeros no tienen fin. Hemos luchado hace años con eso y cada que acabamos uno, sale otro. Es un monstruo de mil cabezas". 

    Detective del Grupo de Estupefacientes, Sijín. 

    Datos claves

  • Al Observatorio de Violencia de Cali han llegado informaciones según las cuales el auge del microtráfico estaría generando el nacimiento de grupos de limpieza en varias zonas marginales de la ciudad. 

  • Muchos consumidores son utilizados por los expendedores para hacer “ruleteo”: les entregan un número de dosis diarias para que las vendan y, dependiendo de su resultado, les financian el consumo del día. 

  • Cálculos oficiales: en Colombia hay tres millones de adictos. El entorno de un consumidor fluctúa entre 10 y 20 personas, por lo cual no hay nadie en el país que no conozca la problemática.


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    "En zonas de influencia de las Farc está el 58 por ciento de los cultivos ilícitos (de Colombia): 54.879 hectáreas de coca con un potencial de producción anual de cocaína de más de 252 toneladas, que se venden en el mercado internacional por más de 7.5 billones USD."

    Revista Cambio. Septiembre 2009

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